Un relato del 19-S

En este espacio hemos hablado de la lectura y su importancia, pero también de la escritura y las inquietudes que con ella trae, hoy comparto con ustedes, éste pequeño relato.


Un relato del 19-S


A mis 27 años, la única referencia que tenía sobre un terremoto, eran las imágenes que televisaban año con año para recordar aquel 1985, las anécdotas de mis familiares sobre ese suceso, y la extraordinaria crónica de Poniatowska sobre ese fatídico acontecimiento.

sismo del 85

Más allá de eso, mi relación con esos fenómenos naturales era nula, siempre que ocurría un sismo, bromeaba y reía, e intentaba tranquilizar a mi madre que suele ponerse muy histérica. Quizá fue por eso que me atreví a subir.



Era el 19 de Septiembre del 2017 y caminaba con un amigo por la calle de Madero desde el zócalo para llegar a Bellas Artes, a lo lejos ya se veía, imponente como siempre, la gran torre latinoamericana, erguida, orgullosa y bella como sólo ella puede ser.


Todo inicio con una pregunta inocente, ¿Alguna vez has subido? A lo que contesté con la verdad, que nunca había tenido la oportunidad, después todo se fue dando de manera sutil, pero rápida, cuando acordé ya tenía mi pulsera atada a la muñeca que me acreditaba a subir al mirador, esa pulsera amarilla que aún guardo como recuerdo de la experiencia.


Tengo que reconocer que la atención desde el principio fue muy buena, el elevador muy nice, pero terrorífico a la vez, la velocidad con la que empezó el ascenso revolvía las tripas y daba vértigo, yo iba pegado a la pared y conteniendo la respiración. Al fin llegamos, el chico que nos iba guiando nos dijo que de ahí subiríamos a pie lo que faltaba, y así fue, subimos primero a una especie de terraza con cristales alrededor, pero con una vista espectacular, y después, a través de unas finas escaleras de cristal grueso, por fin la cúspide, lo más alto de la torre.

¿Qué se sentirá un temblor acá arriba? Pregunté en tono de broma a mi amigo, ambos nos reímos, jamás pensé que esa pregunta, inocente y vana en esencia, se convertiría en unos minutos en una amarga, desesperante y agónica realidad.

La vista de la Ciudad de México desde arriba es espectacular, el palacio de Bellas Artes luce como una increíble maqueta a escala, la alameda central frondosa y verde como pocas veces se puede admirar y a lo lejos un zócalo diminuto, custodiado por un lejano Palacio Nacional y una minúscula Catedral.

Doce personas éramos las que admirábamos la gran ciudad desde ese punto privilegiado, tomábamos fotografías y caminábamos alrededor. Al estar ahí, es inevitable mirar hacia arriba y ver la gran antena, que impone apenas al levantar la mirada.


Después de unos quince minutos de plena admiración, comenzó todo muy de prisa, la torre se cimbró bruscamente como cuando un camión muy pesado pasa por la calle, al mismo tiempo que a lo lejos, como susurro, se escuchó la alerta sísmica, en cuestión de segundos despejé toda duda ¡Está temblando! Reafirme.

Hubiera querido llorar, hubiera querido gritar, grabar con mi celular. Pero no, no pude, el miedo me paralizó, como nunca, fue todo tan inconsciente, que unos segundos después, cuando cobré un poco de lucidez, me halle abrazado fuertemente a la reja del mirador, como un gato que se agazapa para detenerse.

No sabía que provocaba más terror en mí, si ver a lo lejos edificios desplomarse en segundos, o sentir como la torre se movía sin parar, pensando que en cualquier momento se iba a trozar. A lo lejos se escuchaban cristales romperse de los pisos inferiores. Entonces, decidí cerrar los ojos fuertemente, y comencé a repetir como si de un mantra se tratara, ¡Dios tiene que parar! ¡Dios tiene que parar! ¡Dios tiene que parar! ¡Dios tiene que parar!


Pero por más que repetía la frase, no paraba, el tiempo parecía haber perdido su linealidad, aquello ya había durado horas para mí. “Mi amor, está temblando muy cabrón, estoy hasta arriba de la Latino”, la voz que emitía esas palabras era de un chavo que estaba justo a mi lado izquierdo y que le enviaba mensajes de voz a su novia, fue el mismo que segundos después me dijo “Es la primera vez que vengo a la Ciudad de México, no puedo morir aquí” su voz entre risueña y preocupada me tranquilizó por un instante.


Uno pensaría que al terminar el movimiento termina la angustia, pero en realidad después del sismo vino lo peor, lo más angustiante. Cuando por fin comprobé que se había terminado de mover por completo, baje unos cuantos escalones, junto con las demás personas, donde nos dieron la indicación de aguardar a que dieran luz verde para iniciar el descenso.


Cuando por fin dieron la instrucción, nos condujeron hacia abajo por la escalera de emergencia, que es una pequeña escalinata de caracol de concreto que estaba llena de arena y escombro, las luces parpadeaban y a momentos se apagaban, la chica que nos iba guiando iba mencionando el número de cada piso por medio de un Woki Toki, supongo para coordinarse con el resto del personal, eso me ponía nervioso, porque indicaba que aún nos faltaba bastante, y no podía pensar que en cualquier momento podría venir una réplica, y quedar ahí asfixiados, prácticamente con nulas expectativas de sobrevivir.


Cuando por fin llegamos al último piso, corrí hacia la salida, no me importo que me gritaran que no lo hiciera, que fuera despacio, corrí, lo más rápido que pude hacia la explanada de Bellas Artes, ahí me sentí por primera vez en ese lapso de tiempo, seguro, vivo, capaz de contar algún día, esta historia que escribo.

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